lunes, 24 de noviembre de 2014

SOCIALISMO

SOCIALISMO


L
os antecedentes en nuestro país, se pueden datar desde 1838 al aparecer El Iniciador, dirigido por Andrés Lamas, influenciado por la generación de “La Joven Argentina”  y el “Dogma Socialista de la Revolución de Mayo” de Echeverría, donde se publican artículos en los cuales se difunden las ideas de Saint Simón.



El 10 de octubre de 1842 en “Le Messager Français”, el periodista Eugène Tandonnet, discípulo del socialista utópico Charles Fourier, escribe un número especial que dedica a la memoria de éste. En la obra  de Domingo F. Sarmiento, “Viajes en Europa, África y América”, se hace la siguiente referencia: “Mr. Tandonnet, ahora mi amigo, ofre­cía aun más instructivos detalles de su residencia en América. Con una educación aventajada, y por la posición de su familia, en actitud de viajar sin miras de comercio, había residido en Montevideo largo tiempo, puéstose en contacto con los jóvenes montevideanos y argentinos, te­niendo reyertas por la prensa con Rivera Indarte, y formán­dose una pobre idea personal de los enemigos de Rosas. Con­trariado en sus miras como redactor de un diario en fran­cés, por el gobierno de Montevideo, que en los primeros días del sitio no podía permitir la emisión de opiniones que contribuían con los esfuerzos de Mr. Pichón a retraer a los Franceses de armarse en defensa de la plaza, Mr. Tan­donnet abandonó la ciudad abrigando cada día mayor enemis­tad contra aquellas gentes; pasó al campamento de Oribe, y aunque en su círculo no hallase nada más digno de su apre­cio, el jefe se captó su voluntad por sus maneras afables, y una verdadera amistad los ligó desde entonces...

Tandonnet profesaba además doctrinas que falseaban su razón en punto a libertad. Tandonnet era falansteriano. Había bebido la doctrina en la fuente misma: era discípulo de Fourier, y el Juan bien amado del maestro. Habíale cerrado los ojos, y conservaba en su poder la pluma con que escribió en los últimos momentos de su vida, algunos cabe­llos suyos y sus zapatos, como reliquias carísimas...”.[1]

Posiblemente entre 1840 y 1853, en un Montevideo cosmo­polita como fue en los años de la Guerra Grande se difun­dieron ideas socialistas, destacándose Gian Batista Cúneo y Francisco Anzani por medio de sus periódicos “Il Legiona­rio” y “L'Italiano”.

En 1871 José Pedro Varela traduce en el diario “La Paz” fragmentos de “La lucha de clases” de Karl Marx.

Por otra parte desde fines del siglo pasado El Día publicaba notas  haciendo referencia a los avance de los socialistas en otras partes del mundo. “Mr. Jaures, el notable orador socialista acaba de proponer a la Cámara de Diputados de la República Francesa un proyecto de ley en el cual se pena con multa de 100 francos a 1000, al patrón que despida a uno o varios obreros por formar parte de sindica­tos o sociedades obreras.

En Europa el obrero lleva sus representantes a las asambleas en que se hacen las leyes y éstos cuidan de sus intereses y de hacer valer sus derechos. Aquí el trabajador es extranjero en su mayoría, vive apartado de la política, no puede llevar sus representantes al Cuerpo Legislativo y al Gobierno y, por tanto no siempre es objeto de grande solicitud”.[2]

Como podemos ver las ideas estaban en el ambiente, debiendo mencionar las dos formas en que se manifiesta el socialismo: por un lado el socialismo de cátedra, represen­tado por List, Roscher, Hidebrand, Knies. Estos autores sostenían una concepción relativista de las leyes económi­cas, a las que consideraban válidas sólo en determinados contextos y nunca de una manera absoluta.

La otra forma, el socialismo de Estado, tiene sus figuras principales en: Schmoller, Held, Bretano, Engels, Wanger; autores que concebían la intervención del Estado en los asuntos económicos como un imperativo básico, lo que habría de traducirse luego en el desarrollo de las denomi­nadas funciones secundarias del mismo (salud, educación, monopolios, servicios públicos, etc.).



A esta última tendencia se acerca el batllismo para elaborar el rol del Estado, que intervendrá en la vida del país sin privilegiar a nadie: “Todo cuanto produce una empresa del Estado debe aplicarse a dar mejor servicio a los clientes, y clientes son o pueden ser, en último térmi­no, todos los habitantes del país, y a mejorar la situación de sus obreros y empleados, ya que no tiene por qué propor­cionar lucros a sus dueños y puede ofertar gran parte de sus utilidades a crearles una posición feliz a sus servido­res”. [3]

Los autores socialistas fueron manejados y difundidos por El Día constantemente cuando en 1911 comienza a darse los primeros pasos para el monopolio de los seguros.

Richard Wagner
1813-1883

Uno de los grandes maestros de la ciencia económica contemporánea, Wagner, fustiga con razón a los que combaten el monopolio de los seguros. El seguro no es pura y simple­mente un “negocio” al que pueda aplicarse el criterio que sirve para apreciar las operaciones comerciales en general; el seguro es ante todo un medio de “felicidad social” y nadie podrá desconocer que a esta institución le está reservada una importante función social en los pueblos de civilización superior. Tal es la premisa de que parte el ilustre y respetado maestro. He aquí sus conclusiones. La primera, es el seguro obligatorio de ciertos riesgos; la segunda es el monopolio del seguro. La escuela liberal individualista, dice Wagner, ha puesto en duda cuando no ha negado que los seguros puedan imponerse con carácter obli­gatorio; y las legislaciones inspiradas en estas ideas económicas han rechazado el seguro obligatorio. Esta apre­ciación completamente unilateral está fundada sobre débiles razones teóricas y prácticas, entre otras, la petición de principios de que el seguro debe ser voluntario por ser su esencia que los beneficios no pueden imponerse...

El ilustre economista exponía estas ideas por primera vez en el año 1881. Desde entonces hasta la fecha han hecho camino y tratadistas de la talla de Witti se han pronuncia­do en favor del monopolio de los seguros y otros como el ilustre Schmoller, profesor de la Universidad de Berlín, han señalado la misma tendencia”.[4]

Gustav Friedrich von Schmoller
1838-1917

Ahora le toca el turno al Catedrático de Berlín: “El gran economista Schmoller después de señalar las ventajas e inconvenientes del seguro libre y del monopolio, señala como lo afirmamos antes de ayer como tendencia en marcha a este último, y lo hace en estos términos. La evolución histórica de las formas de explotación era clara y simple en el siglo XVIII y en el siglo XIX; las pequeñas y anti­guas sociedades ya no funcionan. La empresa comercial y por acciones ha penetrado cada vez más, primeramente en el seguro de los transportes y después en el seguro contra incendios y en el seguro de vida, introduciendo progresos; pero una fuerte concurrencia y sus abusos la desacreditaron donde no estuvo dominada por el espíritu de honestidad y donde no estuvo retenida en los límites de la honestidad por el contralor del Estado”.[5]

Batlle utiliza la nacionalización y la estatización como una de las palancas de la modernidad y el Estado tomará un nuevo rumbo del que hasta el momento venía des­arrollando. “La unificación de una industria y el estable­cimiento por tanto, de un monopolio particular, y, en consecuencia, perturbador e injusto no parece preparar la expropiación de esa industria por el Estado, o sea la expropiación por la sociedad de los útiles de trabajo. Una de las tendencias bien definidas de nuestro Partido es la que llevaría a nacionalizar, o convertir en empresas del Estado, todos los grandes servicios públicos. Si lleváramos  nosotros un número suficiente de representantes al Cuerpo Legislativo, convertiremos en empresas del Estado los ferrocarriles, los tranvías, las aguas corrientes, el gas, etc.”.[6]

El Estado no debe de beneficiar tampoco a un determina­do grupo  privilegiado, debe de distribuir y difundir en forma justa para toda la sociedad. “La asunción de los servicios públicos por el  Estado, responde a la difusión y distribución colectiva de agentes indispensables de bienes­tar, comodidad e higiene, a dotar a las clases sociales más numerosas y menos favorecidas, de una suma de beneficios, que, de otra manera, sería únicamente accesible a las acomodadas. Se trata, sensiblemente, de favorecer al públi­co, mejorando, extendiendo y abaratando los servicios”.[7]
José Serrato
1868-1960

Por su parte el Ministro de Hacienda, José Serrato, establecía en 1912 en la Cámara de Diputados: “Lo que yo he dicho es que conviene mantener las industrias, cuando son ejercidas por el Estado, y en eso me ratifico, porque no hay que olvidar  -y esto es lo que parece olvidar el señor diputado Frugoni- que las condiciones en que se desenvuel­ven esas dos actividades, son completamente distintas: la privada va siempre en busca de un lucro más o menos elevado y más o menos legítimo, mientras que la actividad ejercida por el Estado no va en busca de lucro alguno, sino senci­llamente  movida por el interés de mejorar y abaratar los servicios”.[8]


De esto se deriva que el Estado debe aparecer como representante del interés general de la opinión pública, y protector de las libertades. Los gobernantes deberán ser electos por medio del sufragio universal y los partidos políticos serán los intermediarios en ese proceso. En éste período, se dará la creación de los Entes Autónomos consa­grados en el artículo 100 de la Constitución de 1919. Dicho  proceso ya se venía manifestando desde la última década del siglo pasado, en discursos y debates que mostraban las ventajas del intervencionismo estatal en la esfera económi­ca. Destacándose  entre ellos Juan A. Capurro, Carlos de Castro, Francisco Bauzá, con intervenciones importantes sobre los fines secundarios del Estado.

Feliciano Viera
1872-1927
Pero Batlle debió de hacer frente a aquellas mentalida­des que todavía veían un Estado tradicional. Sus peores enemigos a veces salieron del propio Partido Colorado, un caso típico fue Feliciano Viera, cuando estableció el 8 de abril de 1919 sus diferencias con Batlle, y no olvidemos el famoso Alto de Viera: “Hasta aquí hemos estado de acuerdo con el señor Batlle. Para el futuro no podemos decir lo mismo, porque no sabemos qué quiere Batlle. Es posible que aceptemos de sus ideas todas aquellas que encuadren dentro del programa colorado. Pero lo que es indudable es que no lo acompañemos en un avancismo “a outrance”. El Partido Colorado no es socialista, ni va al socialismo. A mi  juicio, su misión, ahora más que nunca, es conciliar al Capital con el Trabajo, sin hostigar a ninguno de estos dos factores, de cuyo acuerdo depende el bienestar nacio­nal”.[9]

También lo atacó la prensa colorada, en particular “La Mañana”: “¿Hasta dónde llegan las ideas comunistas del batllismo? ¿Es un partido socialista? ¿Es un grupo de bolcheviques? Nos parecería útil saberlo, porque ello interesa grandemente  a todos. ¡Hasta podría invocarse razones supremas de tranquilidad social! No vaya a ocurrir con eso de Lenin, Trotsky y Cía., como ocurrió, con el colegiado... Hay ya gente que sueña con cosas horribles y que hasta dormidas tiemblan de miedo ante multitudes enfu­recidas que piden el respeto general. Nosotros -queremos que conste- hacemos la pregunta consultando única y exclu­sivamente al interés nacional y la paz de los miedosos, porque personalmente no nos afecta un reparto del que oímos hablar sonriendo, pensando con buen juicio que con algo que tenemos, y con algo que nos toque, vivimos felices y con­tentos”.[10]

Emilio Frugoni Queirolo
1880-1969

Son conceptos duros, pero esto deja ver bien en claro lo difícil que era cambiar la mentalidad de los uruguayos, aunque éstos fueran del propio Partido Colorado.

Emilio Frugoni establecía: “El único coraje que a mi juicio le faltó a Batlle, fue romper abiertamente con la preocupación tradicionalista, en momentos en que de haberlo hecho, hubiera concluido probablemente con ella”.[11]

El socialismo de Estado entiende que la propiedad privada debía de cumplir una función insustituible en el proceso económico, esto sin perjuicio de que las formas dadas a las instituciones estatales encargadas de la explo­tación de áreas de actividad fueran consideradas de prioritario interés público.

En cambio el batllismo brega por la subsistencia  de la propiedad privada, considerada el motor del desarrollo económico. Por ello el establecimiento del impuesto a la tierra,  por el cual se buscaba la utilidad social, el fraccionamiento del latifundio ganadero, pasando a la mediana propiedad agrícola, tema abordado en el georgismo.

Así lo establece Serrato en la Cámara de Diputados el 7 de setiembre de 1911: “A la idea de la propiedad indivi­dualista, se ha sustituido ya en el hecho la idea social de la propiedad, la idea social que hace que el individuo tenga en la sociedad moderna, no la libertad como derecho, sino la libertad como función, para llenar una misión, en fin más o menos importante en la vida... Y que la propie­dad también ha sufrido restricciones, lo va a ver enseguida la Cámara. ¿Fundada en qué principio individualista de la propiedad sería posible imponer con una contribución dife­rencial superior a un terreno baldío dentro de la ciudad de Montevideo?... Es fundado en la idea social de la propie­dad, que el Estado obliga al pago de una contribución mayor, a veces aparentemente injusta y violenta, para obtener que ese baldío desaparezca”.[12]

Por su parte Juan Antonio Buero reafirmó la idea de la utilidad social de la propiedad individual: “La propiedad individual, la propiedad de la tierra, es un hecho consa­grado... pero (ella) como el salario y el  capital... tienen esa función social que realizar... si protegemos a la propiedad, no es por un razonamiento metafísico ni por una idea teológica, sino por una razón de utilidad social...”.[13]

El batllismo es una tendencia evolucionista, parte de un proceso nunca interrumpido a que está sujeta la socie­dad, el triunfo definitivo de la justicia social. Cree que debe desarrollar su acción valiéndose de los órganos crea­dos por la propia sociedad para el orden y regulación de su vida interna. A su vez cree que las instituciones políticas no son el producto de la especulación abstracta.



El  gerente general del Banco de la República, Octavio Morato, establecía en 1926: “Por socialismo de Estado debe entenderse la política económica y financiera desarrollada con el fin de introducir ideas de reforma social en la organización del Estado, sin conmover y sin modificar fundamentalmente las instituciones legales y políticas. En vez de ir a la conquista de las reivindicaciones sociales por medio de la revolución, que puja por arrasar los funda­mentos de la sociedad actual, el socialismo de Estado tiende a dar satisfacciones a aquellas reivindicaciones, por medio de la evolución, sobre la cual descansa la esta­bilidad social, mientras que el socialismo como doctrina económica significa la apropiación social de todos  los medios de producción, máquinas, instrumentos, etc.”.[14]

El batllismo no pretende ser el representante de los intereses de una clase determinada, no  es partidario ni contrario a la propiedad privada, no busca defender a los individualistas, ni a los defensores de la propiedad comu­nal.

El batllismo se acerca a las concepciones solidaristas de Duguit, y representa una tendencia política social y jurídica fundada en un conocimiento más preciso y experi­mental de los  hechos sociales, que busca, no en el hombre -sino fuera de él- el nuevo punto de vista de la ciencia social, política y económica.

El hombre, al decir de  Bonnard, es un ser esencialmen­te social: no puede vivir más que en sociedad.

Este hecho crea entre los individuos lazos de interde­pendencia y de solidaridad, que resultan de la circunstan­cia de tener necesidades que no pueden satisfacer más que por un cambio recíproco de servicios, requiriendo reglas de conducta que se imponen a los hombres en razón de la soli­daridad que los une, y en virtud de organizar y reglamen­tarla.

Las reglas establecidas generan derechos y, como coro­larios, poderes. Así los derechos tienen su fundamento lógico, no sobre los individuos, sino sobre las relaciones sociales.

Es clara la adopción de esta corriente, pero habremos de  ver más adelante como ésta no implica que el batllismo sea socialista como se ha pretendido establecer.

Nuestro estimado colega El Bien, se manifiesta contra­riado de que el Comité Colorado departamental de Montevideo piense incluir entre sus candidatos para miembros de la Junta E. Administrativa, a un titular perteneciente al partido socialista.

Nos permitimos observar al colega, que carecen de fundamento sus objeciones...

...los procedimientos y las tendencias de los colorados no pueden, en efecto, decirse que son socialistas; pero no puede negarse que la índole, los procedimientos y las tendencias de nuestro partido -que tiende a liberalizar las masas, a hacer progresar las instituciones, a conceder al pueblo todos los beneficios de la más amplia democracia, a respetar entre sus afiliados, el valor de las opiniones individuales, a borrar las fronteras confraternizando en la historia, y en las grandes aspiraciones con los extranje­ros- no puede negarse, decíamos, que desde estos puntos de vista tiene que cultivar con el socialismo y en general con las clases obreras cierta cordial simpatía.  



Y esta simpatía es tan espontánea que han sido los propios socialistas los que, con motivo de la presente contienda electoral, han iniciado la entente con las auto­ridades directivas coloradas, las que no han podido menos que recibir con el mayor agrado una aproximación que por tantos conceptos les es satisfactoria”.[15]

Celestino Mibelli
1882-1969
Pero veamos cuales han sido los conceptos básicos de Batlle sobre la idea de la lucha de clases, en una polémica con Celestino Mibelli, unas de las principales figuras del socialismo, electo constituyente (1917-1923): “Lo que hemos afirmado y demostrado es que las sociedades no se dividen en dos clases enemigas, perfectamente definidas y separa­das, entre las cuales no pueda haber más relación de sentimiento que el odio, ya que según Mibelli la una sólo se preocuparía de explotar a la otra. Largamente expusimos algunas de las razones por las que hay que afirmar que si la actual organización social no da a cada cual lo que le corresponde, ello débese atribuir al atraso de las ideas y a la dificultad de determinar lo que es de cada una y no a una voluntad general injusta. Hicimos notar además al señor Mibelli que, entre el extremo de la clase capitalista y el de la obrera, hay una escala casi infinita de posiciones ocupadas por personas que no se consideran explotadoras ni explotadas.

Lo que se quería demostrar es que entre la clase capi­talista y la  obrera hay una escala de situaciones por personas de las que no se podría decir que pertenecen a una u otra clase”.[16]

De las afirmaciones falsas de que no creemos en la existencia de clases, deduce, forzosamente, que no creemos en la lucha de clases y establece que optamos por dejar sin solución el problema de establecer relaciones económicas más justas entre los hombres. Ahora bien: hemos reconocido la injusticia de esas relaciones, a cada paso, y la necesi­dad de una organización mejor de la Sociedad. No hemos desconocido la oposición de intereses entre los hombres de más alto rango en la forma y los de más bajo, ni que unos pugnen por no descender y otros por ascender. Lo que hemos dicho y repetimos ahora es que la Sociedad no se divide en dos clases únicas, la de los explotados y la de los explo­tadores, enemigos a muerte, y que, la oposición entre los que más tienen y los que tienen menos, débese atribuir no, en primer término, al interés egoísta y a la mala fe, sino a la dificultad de procesar fórmulas de arreglo.

¡No es la injusticia social la obra de la perversidad humana! El egoísmo y la mala voluntad nacen más bien de esa injusticia. He ahí unas declaraciones preciosas. La injus­ticia social es el resultado de los hechos, de los errores, de la ciega combinación de los acontecimientos. La mala voluntad de los hombres nace a su calor pero no la produce. Luego, esa mala voluntad no tiene un carácter general y no hay que entablar la lucha contra ella. Luego, lo que hay que combatir es el hecho de su injusticia, el error de las ideas, las circunstancias creadas por error, y por fuerzas, también, que le son extrañas. Luego, no hay motivo para esa terrible enemistad de los hombres.



¿Que ciertos hombres son beneficiados por la situación creada y otros perjudicados? Pero, no siendo esto la obra de su mala voluntad, reconozcamos que todos pueden colabo­rar en la obra de la justicia, con la excepción de los realmente injustos. ¿Qué hay que suprimir una clase? Reco­nozcamos que lo que es necesario suprimir son las relacio­nes viciosas de derecho que lo constituyen y no las perso­nas mismas. Reconozcamos que esta supresión puede ser también una modificación, que haga encajar todo en una organización de justicia”.[17]

...Desde el punto de vista del interés material no hay clases. Todos los hombres, salvo alguno que otro iluminado muy digno de gran estima, aspiran a la riqueza y todos se afanan  por conservar la que tienen o adquirir la que no tienen. No hay, pues, clases desde  este punto de vista; no hay más que una clase: la universal de los que aman su bienestar, adquirido ya o solamente deseado.

Son muy raros los hombres que rechazarían el hallazgo de un gran tesoro o la suerte grande de una lotería millo­naria. Ahora bien: sólo esos hombres escasísimos pueden odiar legítimamente a los favorecidos por la fortuna. No es posible, en moral odiar a los ricos, repudiar los infames y tiranos y estar dispuesto al mismo tiempo a convertirse en rico de noche a la mañana, en cuanto sople favorablemente la fortuna...

Los hombres no pueden, pues, dividirse en los que tienen bienes y los que no tienen, para crear dos especies distintas de seres morales.

Más racional es distinguir por sus ideas y por sus sentimientos de justicia.

No llevan por buen camino a los obreros los que los imbuyen en sentimientos de odio y podrán privarlos, así, del concurso de un gran número de hombres sinceramente empeñados en establecer relaciones justas entre sus seme­jantes y mejorar la suerte de todos”.[18]

En varias oportunidades Batlle remarca la idea en la cual la diferencia entre los hombres no está en la cantidad de bienes materiales que pueden poseer, no habiendo en su postura un determinismo económico, demostrando a su vez que no hay dos clases nítidamente definidas “explotadores-explotados”  sino que la diferencia debe estar basada en las ideas que éstos posean y sus sentimientos.

Se señala permanentemente que el tema no radica en manifestar  como única relación el odio de la clase obrera hacia la capitalista, sino en lograr el equilibrio comba­tiendo la injusticia social y procurando una justa redis­tribución. 

Para poner punto final al tema nuevamente utilizaremos la discusión entre Batlle y Mibelli: “Queremos que nuestras conductas concuerden con nues­tras ideas. Y, si se nos probase que decimos una cosa y hacemos otra, lealmente reconoceríamos la existencia de un error en nuestras ideas o en nuestro proceder. Al revés del señor Mibelli, creemos que conviene traer a colación los actos de los que discuten, cuando parecen contradecirse con las ideas, para que se demuestre que no hay tal contradic­ción o se rectifique el pensamiento o se declare errónea la conducta, con todo lo cual, se aclara el punto discutido.

Y así, insistamos en que el señor Mibelli es un pequeño burgués. Nos hemos fundado, para decirlo, en que sus mane­ras, su traje, su vivienda, su preparación para la vida, su posición, corresponden a un burgués más que a un obrero. Él dice: “burgués es el que no vive de su salario”. Pero esta definición es errónea. El zapatero remendón, el lustrabo­tas, el ropavejero, el vendedor ambulante y en general, todas aquellas personas que ejercen pequeños oficios por su cuenta, no viven de su salario y no son, sin embargo, burgueses.

En cambio hay muchas que gozan de sueldos, como el señor Mibelli, y más bajos, o más altos, que no podrían ser considerados como obreros.

Burgués, en castellano, significa ciudadano de la clase media, esto es, de la clase colocada entre la nobleza y el pueblo, de la clase que no es noble, pero que tampoco es obrera. La pequeñez del salario no hace al obrero; lo que lo caracteriza es más bien la rudeza del trabajo, la obra material, manual. Esta obra, por lo mismo que no requieren una gran habilidad o preparación en el que la ejecuta, es siempre escasamente retribuida, y de ahí los sueldos reducidos. Además presenta pocas perspectivas de mejoramiento, de posición para quien la realiza, desde que debe limitarse, por su propia naturaleza, a una esfera de acción muy restringida. No pasa lo mismo con las otras tareas que son, a veces, retribuidas con sueldos bajos: las del periodismo, por ejemplo, a que se ha dedicado el señor Mibelli, en las que, con una clara inteligencia, fácilmente se llega a elevadas posiciones. De todo esto se deduce con toda claridad que el señor Mibelli es un pequeño burgués, pues, si su sueldo, más elevado que el de la generalidad de los obreros, y sus maneras y hábitos de vida no lo demos­traran suficientemente, lo pondrían en evidencia la natura­leza nada ruda de su trabajo y las perspectivas de mejora­miento que ese mismo trabajo le presenta. Y he aquí una prueba de que la burguesía y el proletariado no se hallan tan hondamente separados como el señor Mibelli cree.

Pero ¿por qué se empeña el señor Mibelli en no ser burgués? ¿No nos ha declarado que se puede ser burgués y socialista? ¿No admite que hay socialistas ricos, muy ricos, que, naturalmente, no viven de un salario, y que por tanto, son burgueses con arreglo a su definición? ¿No nos ha manifestado alegremente que, a él mismo, le interesa el numerario de éstos, lo que quiere decir que de muy buena gana se convertiría en fuerte burgués? ¿No nos ha dicho que un socialista burgués, es decir “un socialista adinerado es admirable, no por su dinero, sino por su sinceridad, por la fe de su corazón, por la luz de su inteligencia”?



Pero ¿y la lucha de clases? ¿El socialista burgués lucharía, entonces, contra los obreros? El señor Mibelli nos dijo en uno de sus primeros artículos: “La organización capitalista ha separado a los habitantes de cada nación en dos clases perfectamente diferenciadas. Los que viven merced al salario están frente a los que aprovechan del trabajo ajeno; los trabajadores, herederos históricos de los esclavos, están en un sector social que no es, precisa­mente, el que ocupan los dueños de la tierra y del capital. La organización social que impone este estado de cosas ha separado a los hombres de un país en dos clases que no tienen ni intereses, ni pasiones, ni sentimientos solida­rios y armónicos. Por el contrario, se consideran como enemigos. Y lo son en realidad. Un solo hecho casual y fortuito los une; mil hechos intencionales y conscientes los separan”.

El señor Mibelli ha modificado, un tanto, en sus últimos artículos sus opiniones a este respecto. Pero dejémosle otra vez la palabra: “No es por odio que los hombres están separados en clases, sino por intereses. Es lo que hemos dicho. No pregonamos la necesidad de que el obrero odie a su patrón. ¿Qué utilidad le reportaría hacer­lo? Sostenemos, eso sí, que la clase obrera no tiene el mismo interés que la capitalista y que los intereses de cada una son antagónicos e irreductibles”. Etc.

Nosotros, dentro de nuestras ideas, sí, solucionaría­mos esta antinomia. No es el egoísmo lo que divide a los hombres; no es en unos el propósito de explotar y en otros la desgracia de ser explotados; no es la inmoralidad repar­tida entre todos por igual, desde que aquéllos se afanarían por continuar viviendo del trabajo ajeno y estos por empe­zar a vivir de ese mismo trabajo ajeno lo más pronto posi­ble. Lo que divide a los hombres es la dificultad, repitá­moslo, de resolver el problema de lo que corresponde a cada cual. Sin duda, los poseedores de las mayores sumas de bienes podrán ser más tardíos que los poseedores de sumas escasas en comprender que deben despojarse de algo; en compensación estos últimos creerán ver claro que les co­rresponde más de aquello a que en realidad tienen derecho; el defectuoso espíritu humano ofrece estos aspectos pinto­rescos. Pero la intención dañina consciente es la excep­ción; y la verdad bien demostrada se impone al pensamiento de la generalidad sin encontrar muy grandes resistencias.



Aceptado esto, se comprende que haya quien sea rico y socialista al mismo tiempo, pues se admite que las ideas y las aspiraciones de justicia pueden germinar y desarrollar­se en todas las situaciones; y, no considerándose ya la fortuna como un veneno que mata los buenos sentimientos y las buenas ideas, puede convenirse en que la conserve el que llegue a adquirirla, con tal que haga de ella un buen uso, y en atención a que no sabría bien de qué parte debe­ría despojarse, ni a quien tendría que entregarla. Se podría justificar, así, el deseo de ser burgués del hombre de ideas avanzadas; y siéndolo, el hecho mismo de aceptar y proclamar reformas que tenderían a reducir su propio capi­tal, constituiría un motivo más para que se creyese en su sinceridad y su abnegación”.[19]

Bajo el seudónimo Flag en 1921 Batlle tratará de demos­trar lo equivocado que era sostener la lucha de clase: “Lanzar a la lucha violenta de clases a los hombres de trabajo, en un país democráticamente organizado, es una locura o un crimen. Esta lucha termina fatalmente con el triunfo del orden social establecido y puede terminar también, al mismo tiempo, por muchos años, con el proleta­riado. Derramar la sangre humana abundantemente para no obtener resultado alguno, es una locura cuando el móvil es generoso y puro; es un crimen cuando el móvil es el interés y la ambición personales.

...Ninguna dictadura de una clase sería justa: la del proletariado iría mucho más allá de la justicia para favo­recer a los proletariados; la de la burguesía iría también mucho más allá de la justicia para mejorar aún más la situación de los burgueses y consolidarla por largos años. Y una lucha para establecer aquella dictadura puede llevar fácilmente al establecimiento de ésta”.[20]

El panorama internacional agrega nuevos elementos a este tema, dado que aparece en la escena política la Inter­nacional Socialista, que Batlle la incorpora en el debate cuando hace mención a la preocupante  “lucha violenta de clases”.

Por qué tal visión en nuestro país: “Decíamos que la lucha o guerra de clases a que quiere arrastrar a los obreros es necesariamente injusta  en una república demo­crática como la nuestra...

La Constitución de la República, que todos nos afanamos en hacer cumplir, establece el sufragio universal. Todos los hombres que constituyen nuestra colectividad política, hasta los que no saben escribir ni leer, tienen el derecho de influir por igual en la dirección de la República... Ese instrumento, el sufragio, que tiene en sus manos el hombre de trabajo y que puede emplear de una manera decisi­va, desde que la mayoría está constituida por hombres de su condición, ¿lo ha forjado él mismo?

No. Nuestros grandes adelantos constitucionales no son el resultado de una clase; el sufragio universal no es una conquista del obrero exclusivamente; han concurrido a crear nuestras leyes hombres de buena voluntad de todas las instituciones sociales, y si algunos han influido más que otros, han sido los de posiciones más holgadas contra los que se querría desencadenar, ahora, sin hacer distinciones, el odio y la guerra. La lucha de clase es la violencia como sistema de acción, la guerra civil, sólo podría justificarse en el caso en que los hombres de las clases acomodadas se organi­zaran con el propósito de impedir a las otras clases el ejercicio de los derechos que esa constitución les reconoce y quisieran poner en práctica ese propósito...

Otra prueba de que no hay en nuestra república democrá­tica motivo serio de tamaños odios como se quieren inculcar al proletariado ni de tan terrible guerra, es la ley que hace obligatoria la jornada máxima de ocho horas. Esa ley ha sido sancionada con el concurso de los hombres de todas las clases del Partido Colorado, afanados en mejorar la situación del obrero. Y esa ley es, en un país de sufragio universal, una fuerza política enorme dada al proletariado”.[21]  




[1] Sarmiento, Domingo F.- Viajes en Europa, África y América. Buenos Aires. 1854. Págs. 118-119.
[2] Protección al obrero. El Día. Diciembre, 16 de 1895.
[3] Giudice, Dr. Roberto- Op. Cit. pág. 84.
[4] El monopolio de los seguros. La ciencia y la legislación universal. El Día. Mayo, 3 de 1911.
[5] El monopolio de los seguros. El Día. Mayo, 6 de 1911.
[6] Giudice, Dr. Roberto- Op. Cit. pág. 84.
[7] Ídem. pág. 89.
[8] Frugoni, Emilio- Selección de discursos. Año 1912. Tomo II. Págs. 259-260.
[9] González Conzi, E. - Giudice, Dr. R.- Op. cit. Pág. 203.
[10] El Dr. Ramón P. Díaz ¿Y el programa? La Mañana. Abril 16 de 1919.
[11] Frugoni, Emilio- El libro de los elogios. Montevi­deo. 1953. Pág. 88.
[12] D.S.C.R. Tomo 212. Setiembre, 7 de 1911. págs. 208-233.
[13] D.S.C.R. Tomo 238. Enero, 28 de 1915.  pág. 364.
[14] Morato, Octavio- El Estado industrial y sus fun­ciones. Montevideo. 1943. pág. 15.
[15] Notas. Los socialistas en la Junta. El Día. Enero, 28 de 1905.
[16] Cuestiones Sociales. El Día. Junio, 3 de 1917.
[17] Cuestiones Sociales. No hay lugar para el odio. El Día. Julio, 5 de 1917.
[18] Lucha de clases. La violencia por método. El Día. Enero, 24 de 1921.
[19] Cuestiones Sociales. Quiénes son burgueses. El Día. Junio, 15 de 1917.
[20] La lucha de clases. Peligro de los obreros. El Día. Enero, 26 de 1921.
[21] La lucha de clases. El Día. Febrero, 4 de 1921.

No hay comentarios:

Publicar un comentario