viernes, 5 de diciembre de 2014

LIBERALISMO

LIBERALISMO

E
l liberalismo en la política está regido por la idea de libertad, la sociedad debe estar basada en ella.

Después de la  Batalla de Carpintería (1886), las ideas se polarizan en torno a dos  conceptos fundamentales, diferenciadores de las colectividades en ciernes. Por un lado quienes verán en la autoridad el único medio de estabilización, con Rosas y Oribe a la cabeza pugnando por restaurar el régimen existente durante la dominación española. Por otro, quienes desde 1820 creen sólo en la libertad y son defensores de la Revolución emancipadora, los colorados liberales.

Durante la Defensa de Montevideo se entra en el período de ebullición ideológica, donde convergen las ideas “gari­baldinas” y las socialistas de Fourier.

Por su parte Melchor Pacheco y Obes jugará un importante  papel bregando por la libertad de los esclavos, por la instruc­ción, la cultura, el bienestar popular y la igualdad so­cial. Siendo su posición anticaudillista la de no  olvidar­se de  amparar a los opositores.

En su ideario se advierte un proyecto de país que se plasmará en los años del batllismo, pero que en lo esencial aparece en germen en los años de su dictadura ministerial.

Cuando Batlle ocupaba la dirección del diario La Razón con Daniel Gil, el 8 de abril de 1885 establecieron en un editorial titulado Doctrinas liberales y actos liberales­cos: “La lucha es el estado permanente de la vida y la condición ineludible del progreso. Solo merced a ella es que la humanidad avanza a la realización de sus destinos.



Cuando en esa lucha se encuentran en conflicto intere­ses encontrados, las sociedades cultas resuelven el litigio con el criterio elevado de la justicia. ¡Ay del que cegado por el egoísmo o la pasión lo desconozca o viole! La victo­ria de un día será precursora de la derrota del siguiente, porque en las leyes que gobiernan el mundo, todo ataque al derecho provoca necesariamente una reacción y castiga al agresor injusto.

Esta diferencia no nace seguramente de la mayor pasión o convencimiento en los unos que en los otros. Su origen debe buscarse en los principios opuestos que profesan las dos escuelas. La Iglesia católica tiene por divisa: el que no está conmigo, es mi enemigo; fuera de la Iglesia no hay salvación. La causa liberal podría adoptar la noble divisa del polaco: por nuestra libertad y por la vuestra.

No permitamos, por Dios, que el pseudo-liberalismo de los hombres del poder mistifique la opinión pública hasta el punto de debilitar en los mismos liberales la noción y el sentimiento de la justicia. La causa liberal uruguaya, de muchos años atrás, ha tenido la gloria de haber combati­do en lucha franca y noble, con armas leales, sin haber sido ni tiránica ni opresora. Esforcémonos por conservar esa honrosa tradición, y que la victoria que corone nues­tros trabajos no sea manchada por ningún abuso de fuerza, ni por complacencia alguna con los que pretenden usurpar nuestra hermosa bandera con miras egoístas y reprobadas”.[1]

El liberalismo coincide con el período de Máximo Santos (1880-1886), no significando que antes no existiera en el país. Debemos entender que el racionalismo anterior a los 80, era una forma de liberalismo religioso, de la misma manera que el liberalismo de los 80 es un racionalismo religioso.

Dentro de dicho período y desde La Razón, Batlle se enfrentara a Santos: “Unos de los efectos más funestos y por desgracia más duraderos que producen las dominaciones personales, es el de pervertir la conciencia de los ciuda­danos y rebajar el carácter moral del pueblo.

Todo gobierno, bueno o malo, ejerce en la educación para la vida cívica de sus gobiernos, una influencia que es saludable o fatal, según sea el principio en que el gobier­no se basa y la conducta que los gobernantes observan.

El más profundo de los constitucionalistas ingleses, el célebre Stuart Mill, de uno de cuyos libros se ha dicho que es el manual de la libertad, afirma que el criterio más seguro para apreciar la bondad de un gobierno es la medida en que contribuye a desarrollar en los ciudadanos las aptitudes necesarias para el ejercicio de sus derechos”.[2]

El liberalismo hasta el tercer cuarto del siglo XIX, tenía una connotación política, había sido empleado en movimientos políticos o periodísticos, el Club Liberal (1863), El Siglo (1863).

Obelisco que recuerda el 20 de Setiembre, 
en el predio del Hospital Italiano. Montevideo.

Todos los años, el 20 de Setiembre era fecha de festi­vidad para el movimiento liberal, era la resurrección del liberalismo: “...La Unión Liberal... glorioso aniversario de la entrada en Roma de las tropas italianas. Ese día podrán darse cuenta exacta nuestros adversarios del número y la importancia de las fuerzas liberales entre nosotros, cuando vean moverse lentamente por la calles de la capital la inmensa columna de los amigos de la libertad y del progreso”.[3]

De esta forma se vivía en Montevideo tal fecha: “Dos grandes aniversarios señala la fecha de mañana en los gloriosos fastos humanos: la unidad nacional y definitiva independencia política de un pueblo, el pueblo de Italia, y el definitivo derrumbamiento del poder temporal de los Papas, sobre la misma Italia establecido.

Conquista lenta, penosa y heroica fue la del partido nacional italiano que inspira, en la fraccionada y dividida Península, el alto genio de Mazzini, que defendió con su espada y robusteció con su noble ardor y decisión indómita Garibaldi...

...Pronuncia Víctor Manuel las famosas palabras aquí estamos y de aquí no saldremos, y, sobre las ruinas humean­tes del poder temporal de la Iglesia, proclama la libertad italiana y la absoluta y final emancipación de las concien­cias cristianas, que gimieron doloroso cautiverio bajo la tutela de los Papas, señores de príncipes y déspotas impla­cables de los pueblos, a quienes asombraron en otro tiempo con sus crímenes, exterminación con sus guerras, y llenaron de expoliaciones, desolación y miseria, siempre con el símbolo de la cruz por delante, y en el nombre santificado de Dios”.[4]

Los liberales entendían que el clericalismo no se identifica con el catolicismo; por lo que la lucha quiere ser política y no filosófica, lo que se ataca no es la creencia católica dogmática, sino la acción social de la Iglesia.

Rápidamente se comenzó a asociar al Partido Colorado con el liberalismo, tomándolo como sinónimo. “El partido colorado es ante todo liberal; partido liberal o colorado, él mismo indistintamente se denomina, y no sería posible hallar hoy otro en la República, a quien con más verdad el calificativo le cupiera.
¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Por que me has abandonado?
El Día. Abril, 17 de 1908
Nota gráfica por Carolus


Pero este partido liberal es lo cierto que no está perfectamente definido; aunque su masa sea una y bien determinada, cuéntanse en su seno individualidades de los más diferentes matices y opuestas tendencias. Un partido liberal es evidente que no puede mantener en sus filas personas afiliadas a la Iglesia católica, por ejemplo; hay no obstante individuos católicos que no se llaman colora­dos, y hay también hombres que sirven a todos los despotis­mos y degradaciones que humillan las alturas del poder y que visten después muy orondos la divisa de un partido de libertad contra cuya honradez y representación viven eter­namente conspirando. Y no vacilamos en agregar que hay, además, en las filas de otros partidos algunos liberales de corazón que no pueden ser más que colorados, una vez preci­sadas las cosas”.[5]

A partir de 1900 en mayor o menor medida, según los momentos y las circunstancias, El Siglo, La Razón y El Día, eran los grandes diarios políticos liberales. A partir de la segunda presidencia de Batlle, El Día pasó a ser el diario liberal por excelencia.

Al terminar su primera presidencia Batlle, la prensa argentina de Tucumán “El Italiano” establecía: “El señor Batlle y Ordóñez ha sido el amigo sincero del elemento extranjero en aquel país y su gobierno ha batido el “re­cord” del liberalismo dentro de aquellas fronteras”.[6]

El batllismo políticamente es una corriente liberal, con una profunda veta de georgismo, a este  último lo veremos en forma separada.
El liberalismo en el pensamiento político de Batlle se manifiesta de la siguiente forma: “La oposición sostiene todos los días que cuenta con la opinión pública. Pero cuando se proyectan las medidas para que esa opinión públi­ca se exteriorice en forma concreta, por medio de la vota­ción popular sobre puntos determinados de la actividad legislativa, protesta contra el procedimiento, en una forma que revela su temor a las decisiones categóricas del cuerpo electoral. Es completamente contradictorio que, por una parte, se hable en nombre del pueblo, se cita la concordan­cia entre la voluntad de éste y la propaganda que en su representación se dice desarrollar, y, por otra parte, llegado el caso de comprobar esas afirmaciones, se renuncie a la ocasión propicia. El pueblo, para la oposición, es, según parece, una palabra hermosa para agitarla como bande­ra; pero se convierte en un peligro cuando se trata de conocer la dirección efectiva de su voluntad. La oposición se va a encontrar en más de un aprieto para conciliar sus palabras con sus hechos. En efecto ¿confía o no confía en interpretar las aspiraciones del pueblo? Si lo primero ¿por qué se niega -oponiéndose a la consagración constitucional de la institución del referéndum- a que éste apruebe su conducta, cuando se le convoca a que haga una manifestación en ese sentido? Y si lo segundo ¿por qué invoca todos los días una representación que le pertenecería?


El referéndum supone la intervención directa del pueblo en la orientación fundamental de la vida política del estado. En una democracia sincera no puede desconocerse el derecho del conjunto de ciudadanos a rectificar lo hecho por los que, en su representación, gobiernan al país. Sólo las tiranías se alejan del pueblo, y sólo un pueblo tiranizado renunciaría a la facultad de declarar su voluntad por los procedimientos políticos permitidos. En las monarquías absolutas, el pueblo obedece; en los países de régimen republicano representativo, con exclusión de la consulta al cuerpo electoral, el pueblo confía en quienes lo representan, pero sin la posibilidad de hacer sentir eficazmente su sanción aprobatoria o desfavorable para los gestores; en un país donde la libertad democrática esté ampliamente asegurada, el pueblo dispone.

El gobierno directo del pueblo es el régimen que ini­cia, racionalmente, la vida política de las comunidades pequeñas que han conquistado su libertad... Hoy, dadas las circunstancias de la vida social colectiva, de la extensión y la población de los países modernos, no es posible tal solución. Pero se encuentra en el referéndum un correctivo a los posibles errores del régimen representativo, y puede esa institución ir marcando las normas generales de la acción política a la cual deben ajustar su acción los pode­res del estado”.[7]

La utilización del referéndum es la capacidad que tiene el pueblo para decidir por sí mismo su destino. Por inter­medio de este mecanismo, cuando la mayoría está en contra, el pueblo puede indicar el sentido de qué legislación aspira  tener.

El plebiscito se organiza de manera que signifique un contralor eficaz sobre el ejercicio del mando gubernamen­tal.

Los conflictos de poderes, así como las decisiones que no conformaran a los ciudadanos, estaban sometidos a una instancia suprema de revalidación o rectificación ante el pueblo.

Debemos de tener claro que en una democracia que debe definirse esencialmente como el gobierno del pueblo por sí mismo, los centros de autoridad constituyen órganos de decisión regidos por normas jurídicas preestablecidas, representadas por leyes de índoles constitucionales u ordinarias.

Uno de los rasgos salientes que caracterizan a la política desarrollada por la oposición, es el temor por las manifestaciones de la voluntad popular. Todas sus proclamas altisonantes sobre régimen representativo quedan reducidas a la nada cuando se trata de concretar su situación respec­to a los términos que plantea la mayoría del país. Para los opositores, el pueblo no cuenta como factor de democracia sino como estandarte para realizar los propósitos de un pequeño contubernio dirigente, sin más ambiente que el que ellos mismos intentan crear a fuerza de repetir que inter­pretan aspiraciones generales.


Así se explica que los opositores vean en el referéndum un peligro, no para la democracia, por cierto, sino para esas minorías que se saben desautorizadas en su acción regresiva, contraria a las fórmulas de nuestro perfeccionamiento institucional. Una votación de todo el electorado -rodeada de las garantías con que hoy se realizan las elecciones- sería el fallo definitivo dado por el país en la lucha de los partidos populares. Si la oposición cree sinceramente que existe  en el pueblo una voluntad confirmatoria de su propaganda, ¿por qué no se somete a ese fallo sobre el cual nada tendría que objetar su adversario? Porque -dicen- el pueblo es un incapaz que debe estar sometido a tutela; no vota inteligentemente, sino llevado por la pasión o dominado por el prestigio de los hombres dirigentes de cada partido; no delibera, y por tanto, su decisión es inconsulta; porque habiendo ya elegido sus mandatarios que integran el Cuerpo Legislativo, a éstos debe estar confiada la dirección de los asuntos del país; porque el pueblo no funda su voto, lo que provoca la desorientación en materia legislativa. Y cuando se les prueba que nada de eso es exacto, se les demuestra que los mandatarios han sido electos para interpretar las aspiraciones del pueblo, y no para contrariarlas abiertamente; se les prueba que la incapacidad del pueblo es un error, puesto que si es capaz de elegir a sus representantes teniendo en cuenta sus tendencias políticas, también lo será para decidir su voluntad frente a esas mismas tendencias; se les dice que la influencia de los hombres dirigentes, en lugar de ser un peligro, es un elemento complementario en las luchas democráticas, ya que las ideas se propagan por los más preparados; que la decisión popular, realizada sobre cuestiones que a todos interesan, va precedida de una deliberación por los medios comunes de discusión -prensa, reuniones políticas, debates parlamentarios, etc.- que no es cierto que un voto negativo del electorado provoque la desorientación legislativa, puesto que nada determina tan exactamente la voluntad general como el rechazo de un proyecto, cuando todo, en fin, ha sido perfectamente destruido, los adversarios recurren a un argumento desesperado, diciendo que, por muy bueno que sea el referéndum en sí, se torna en un medio de anular la importancia de la asamblea porque el electorado responderá, siempre, a la influencia ejercida por el Poder Ejecutivo.

¿Por qué? -preguntamos. El Poder Ejecutivo tendrá una sanción confirmatoria del pueblo, cuando incline su acción en el mismo sentido en que están dirigidas las aspiraciones populares; y cuando no suceda así, cuando el electorado vea en las resoluciones legislativas la interpretación de su deseo, su decisión será favorable a la asamblea; por qué habría que suponer al pueblo desprovisto del menor sentido común para esperar que resuelva los problemas en forma contradictoria con su sentir mayoritario. Y, en cualquiera de los dos casos, cada uno de los poderes podrá ver robus­tecida su autoridad y consolidado su prestigio, sin que se vea por ningún lado qué peligros pueden surgir  para nues­tra estabilidad democrática en que se produzca un hecho de tal naturaleza.


¿Se argumentará aún con la posibilidad de una presión en el electorado? Pero ¿a qué quedaría reducida esa presión sin cómo se está realizando en toda nuestra legislación electoral, el referéndum se verifica con las formas legales que aseguran la libre manifestación de la voluntad popular? Háganse todos los juicios que se quieran, aún los más aventurados, sobre una determinada situación política. Pero no se niegue -porque es negar la luz- que cuando las acciones del pueblo van ceñidas en normas de conducta que las garantizan con toda sorpresa, no hay poder capaz de desviar de su cauce la corriente popular”.[8]

Es justo recordar que el tema del sufragio ya venía siendo preocupación de los jóvenes doctores del siglo XIX. En su Curso de Derecho Constitucional, Justino Jiménez de Aréchaga establecía: “El Régimen Representativo es el sistema definitivo de organización política de los pueblos libres.

El gobierno directo del pueblo por el pueblo, la demo­cracia del Forum y del Ágora, fuera de los insuperables obstáculos que a su realización oponen la considerable población, el extenso territorio y el orden económico de los Estados modernos, es un sistema político ilegítimo, porque, siendo por su propia naturaleza ilimitado, es negativo de la libertad civil, objeto final de la autori­dad. Y eliminada la Democracia Directa, solo la Democracia Representativa puede conciliarse con el principio de la Soberanía Nacional, que es el dogma político de las humanas sociedades cuya cultura les ha permitido alcanzar el eleva­do concepto del Derecho.

En el Régimen Representativo de Gobierno, todos los Poderes, aunque emanan de la Nación, no son ejercidos directamente por ella, sino por un conjunto de funcionarios que periódicamente los ciudadanos eligen, confiándoles un mandato limitado y sometiéndolos a la más estricta respon­sabilidad.

Síguese de aquí que la base de este sistema de organi­zación política, que la fuente de todos los poderes es el Sufragio”.[9]

En estos momentos otro mecanismo se implementará para ir perfeccionando la democracia, será el voto secreto, el cual es esencial desde el punto de vista de la igualdad de todos los individuos.


Hemos afirmado que el voto secreto es una conquista democrática que debe conservarse en nuestro régimen eleccionario, agregando que constituye un arma de nivelación social y de libertad política, necesaria para un pueblo que ha avanzado tanto como el nuestro en el perfeccionamiento de sus instituciones legales. Y nos confirmamos en esa opinión, convencidos de que al favorecer la libre emisión del sufragio, el voto secreto nunca puede ser perjudicial para los grandes partidos, cuyo dinamismo reside en los ideales de engrandecimiento y de justicia que forman sus prestigios y programas. Pueden temer los efectos de su sanción, todas esas agrupaciones vergonzantes que, solas o en desmoralizadora aparcería, no pugnar por finali­dades nobles ni por realizaciones principistas, ni pueden justificar con un pretexto aceptable la insana ambición que las mueve por cualquier objeto y en cualquier sentido.

Pero los partidos que luchan por el triunfo de una plataforma democrática y que actúan en un medio donde se respetan todas las opiniones y donde se concede el máximum de garantías para que ellas sean emitidas, no pueden temer las consecuencias del voto secreto, llamado a tutelar a cada ciudadano en el ejercicio de sus derechos, permitién­dole que intervenga en los asuntos públicos, por el mandato de su exclusiva voluntad, sin estar sometido a la influen­cia coercitiva de superiores o patrones, cuando no de circunstancias especiales que podrían separar de las urnas al elector, amparándolo en el recurso de la abstención, o aproximarlo a ellas para falsear sus verdaderos sentimien­tos”.[10]

El voto se trasformó en un pilar insustituible. “El voto es el cimiento de la organización política, donde los gobiernos no son creados por la fuerza o no fundan su autoridad en un supuesto divino mandato.

Entre nosotros, el voto es el cimiento de todo el edificio político... No puede haber autoridad legítima, si el voto no es debidamente consultado y respetado. El voto genuino, verdadero, es el fundamento del derecho y de la paz pública. Sin él, no puede haber ni una ni otra cosa”.[11]

Antes de terminar el análisis de esta corriente, es importante recordar el momento en el cual entra a manejarse el pensamiento liberal pero desde el punto de vista econó­mico.

La Cátedra de Economía Política fue inaugurada en 1861, por Carlos de Castro, el cual residió dieciséis años en Europa e impulsará los principios de la división del traba­jo, la libre concurrencia, el Estado guardián, el individuo omnipotente, las libertades individuales.

Castro será un fuerte defensor del liberalismo burgués, teniendo al frente al socialismo: “Contra los peligros con que amenaza el socialismo y su propaganda hay entre noso­tros tres hechos que nos garanten que el nuestro no es por ahora terreno para semejante planta. El primer hecho que yo diviso preservador, lo hallo en la gran división de la propiedad, que vuelve al hombre prudente en conservarla y previsor en mejorarla; porque ve en ella la base segura de su existencia propia, y la de aquellos que deben sucederla. El segundo hecho saludable es que entre nosotros no hay esas bandas, diría así, de proletarios y obreros, que son la solemne amenaza de las sociedades europeas, las que están en verdad demasiado expuestas a innumerables sufri­mientos. El tercer hecho es que una nación favorecida con todos los bienes de la naturaleza, eminentemente comercial, pastoril y agrícola ofrece pan y trabajo a todos. Por lo mismo que nosotros no tenemos grandes centros de población en que se forma esa multitud de proletarios, por lo mismo pues que la propiedad muy dividida mantiene la población dispersa sobre un gran territorio e impide e impedirá por largo tiempo aún que se formen esos grandes centros; por lo mismo pues que una nación rica, inmensamente rica, en germen como es la nuestra ofrece trabajo y pan a todos; es indudable que ciertas teorías son mercancías extranjeras y no temible para nosotros”.[12]

Políticamente mantuvo un criterio de rechazo a cual­quier tipo de dictadura, a todo tipo de monopolio en econo­mía. En su visión el Estado era simplemente un guardián de los derechos de los individuos, no existiendo los fines secundarios.




[1] Doctrinas liberales y actos liberalescos. La Razón. Abril, 8 de 1885.
[2] Signos de los tiempos. La Razón. Mayo, 13 de 1885.
[3] La gran procesión del 20 de Setiembre. El Día. Junio, 10 de 1891.
[4] 20 de setiembre. El Día. Setiembre, 19 de 1891.
[5] Ideas liberales. El Día. Abril, 23 de 1892.
[6] El gobierno de Batlle. El Día. Marzo, 9 de 1907.
[7] El referéndum. El Día. Abril, 13 de 1916.
[8] El temor del pueblo. El Día. Abril 30 de 1916.
[9] Jiménez de Aréchaga, Justino- Curso de Derecho Constitucional: El Sufragio. En Revista del Plata. Año I, Nº 1. 1882.
[10] El voto secreto. El Día. Enero, 10 de 1917.
[11] Las garantías del voto. (De "El Ideal"). El Día. Julio, 1º, de 1929.
[12] Castro, Carlos de- Curso de Economía Política. Montevideo. 1864. pág. 257.

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