miércoles, 3 de diciembre de 2014

JACOBINISMO

JACOBINISMO

A
l hablar de jacobinismo entendemos como tal una ten­dencia política caracterizada por su radical defensa de la democracia y de las libertades individuales; actitud asumi­da a fines del siglo XIX y principios del XX, por los partidos que representan a la pequeña y mediana burguesía, los cuales tienen sus orígenes en la Revolución Francesa.

En la sección “Personalidades” del informe anual de la Legación correspondiente al año 1906, el Ministro inglés Kennedy hizo estas consideraciones: “El Presidente de la República, Señor Batlle y Ordóñez,...es un fuerte y faná­tico político  partidista, para quien la palabra “concilia­ción” es ininteligible. Ha sido periodista y en el presente es propietario de “El Día”, en el que aparecen ocasionalmen­te artículos fuertes, amargos y cortantes, que se suponen emanados de su pluma. Antes de convertirse en Presidente,  acostumbró a vivir mucho entre las clases más bajas, y defiende opiniones socialistas muy avanzadas, siendo común que se hable de él como de un “Anarquista”. Durante su período de gobierno, las huelgas fueron frecuentes, y los huelguistas sabían que podían contar siempre con su respal­do moral y su estímulo en cualquier conflicto entre el trabajo y el capital. Tiene opiniones anticlericales muy fuertes, y jamás pierde una oportunidad de desairar al Arzobispo o de volcar su menosprecio sobre la Iglesia. Ante sus ojos es aceptable toda legislación anticlerical, como la exclusión de sacerdotes en los hospitales y otras insti­tuciones públicas, la proyectada ley de divorcio, y la ley de matrimonio civil...”.[1]
  
Esta corriente de pensamiento se puede tomar como una continuación del radicalismo, aunque también  es cierto que el batllismo arremetió con fuerza contra la Iglesia, como institución conservadora de la sociedad y contra su organi­zación, en la que veía una trababa el progreso social.

La postura que asumirá Batlle no será nueva en el país. Como antecedente de la prédica anticlerical podemos retrotraernos a la propaganda realizada por El Siglo: “...comba­tir la intolerancia religiosa naturalmente es la propaganda de un periódico liberal como El Siglo.

Y si combatimos la intolerancia en el terreno de la doctrina, mucho más debemos combatirla cuando veamos que se quiere llevarla a la práctica, falseando el sentido natural y genuino de la Legislación.



Hemos demostrado los abusos que resultarían si al artículo 5º de la Constitución se le diese la altísima interpretación que pretende atribuirle El Bien Público, anheloso de someter las leyes civiles a las eclesiásticas, el Estado a la Iglesia, la sociedad al Syllabus”.[2]

Otra inquietud que ya está presente en esos momentos es la separación de ambas esferas: “Para el Bien Público es preciso que la Iglesia domine al Estado o que el Estado domine a la Iglesia. No hay término medio. Si no sucede lo primero, como sucedía en los bellos tiempos de la Edad Media y como los amigos de El Bien quisieran que sucediese ahora, es preciso que suceda lo segundo”.[3]

Era necesario cambiar la mentalidad del uruguayo, no sólo en el plano económico sino en todas las esferas, pretendiendo lograr una nueva cosmovisión, donde la gente se abriera al mundo, para dejar de lado las ataduras del pasado. Para muchos Batlle parecerá como un reverente irrespetuoso con la Iglesia,  para él, la Biblia no justi­ficaba nada. Uno de los  ejemplos más típicos es en momen­tos de su juramento como presidente de la República, que ya hemos visto en el radicalismo.

El anticlericalismo de esa época se ve en muchos de los artículos de El Día, algunos muy duros como: “Un cura infame. Niño de siete años violado por él, en un asilo religioso”, enero de 1914.

Se llega al punto de comparar las huelgas obreras de 1905 con el movimiento de 1789: “La revolución francesa, esa grande y deslumbrante explosión que tendía  no sólo a la reivindicación política, sino a la reivindicación social del género humano, se excedió  en ciertos momentos   hasta el desborde. ¿Por qué? Porque fue un estallido  de fuerzas  populares ...largos siglos oprimidas ...porque operó por medio de la reacción violenta ...lo que hubo de operarse por medio de la evolución lenta y tranquila; porque encon­tró vallas y obstinaciones en la realeza y el clero, en lugar de hallar concesiones generosas y espontáneos des­prendimientos...”.[4]

Nuestro país tiene en su historia un largo proceso de secularización, mezcla entre jacobinismo y pensamiento liberal, que llegará a su fin en la separación de la Igle­sia y el Estado en 1919.



Referente al tema de la resurrección de Cristo, El Día publica el 16 de abril de1892, firmado bajo el seudónimo JUDAS: “Hoy conmemoramos los católicos, con estruendoso júbilo, la resurrección de Jesús Cristo. Para ellos es un milagro el nacimiento del Mesías, milagro en que sólo podría creer el bueno de José; y es también un  milagro su muerte, o, mejor dicho, su resurrección. Con respecto a lo primero, no habría que esforzarse mucho para hacer murmurar al pueblo, por la naturaleza maldiciente, de la fidelidad conyugal de María. Con respecto a lo segundo, aún cuando los niños y las viejas creen todavía en los aparecidos, los hombres razonables juzgan que los que después de muertos logran salir del sepulcro es porque sólo han padecido un síncope o un letargo.

Jesús resucito: he ahí un fenómeno que no debemos admitir como verdadero, en tanto que no obtengamos la certidumbre de que no podemos incurrir en error aceptando como tal. Sale de la órbita de los conocimientos ordinarios y debe ser, por consecuencia, perfectamente constatado para que en él se crea. ¿Han probado los católicos la existencia de ese fenómeno? Vamos a verlo.

Para que la resurrección haya tenido lugar realmente, es necesario que Jesús hubiera muerto. Y es lo que no se prueba, ni se probará jamás. Jesús no murió en la Cruz. Hay numerosas razones para suponerlo, ya que no  basta para probar este aserto, el hecho constatado de que se le viese vivo después de su martirio.

Continuemos. El martirio de la crucificación estaba bien calculado. Los que eran condenados a sufrirlo vivían un día completo y aún más, pendientes de aquel madero infamante, que después de Jesús ha sido el símbolo de la redención del hombre, y morían apurando lentamente el cáliz de los más crueles dolores. Jesús vivió sólo algunas horas… Afirman algunos que la hiel y el vinagre de la leyenda eran un narcótico… ¿No es verdad que hay derecho a suponer que esa afirmación sea exacta? ¿No es verdad que sus discípulos y numerosos parciales debieron intentarlo todo para salvar su vida? ¿No es verdad que una muerte ficticia era el mejor medio de liberarlo de la cruz y de las persecuciones del populacho, para siempre?

Más aún. Era costumbre romper a mazazos las piernas y los brazos de los condenados y Jesús fue dispensado de ese martirio. ¿Por qué? ¿No era el preferido del odio del pueblo? ¿No se le miraba con mayor rencor que los verdaderos criminales? Era sin duda que los confabulados, para arrancarle de los brazos de la muerte habían trabajado con ardor para evitarle aquella tortura que dejaría su cuerpo destrozado para siempre. Era, sin duda, que entre los que mandaban en aquellos tiempos, los confabulados, tenían cómplices poderosos, y que éstos hacían con Jesús excepciones indispensables para que la vida que se trataba de conservarle no fuera para él una carga.

Otra excepción se hizo con Cristo. Fue descolgado de la cruz así que hubo agonizado. ¿Qué prisa había? ¿Se temías acaso que el narcótico dejara de producir su efecto? ¿Había una hora señalada para el secuestro y se aproximaba la hora? ¿O se quería ahorrar al cuerpo vivo y aletargado el martirio de la oprobiosa cruz?

Ya corría en Jerusalem el rumor de que el cuerpo de Jesús Cristo sería arrebatado por sus discípulos, del sepulcro. Los escribas y fariseos solicitaron de Pilatos el auxilio de los pretorianos para guardarlo. Este se negó a concederlo, y el sepulcro fue custodiado por los guardias del templo, que escribas y fariseos colocaron allí. Pero ellos cayeron en profundo sueño y cuando despertaron la losa funeraria había sido levantada y el cuerpo de Jesús no estaba en su tumba.

¿Por qué sobrevino aquel pesado sueño a todos los guardianes del sepulcro? ¿No obraría en ellos el mismo tóxico que hizo dormir a Cristo en la cruz misma? ¿Puede creerse que se durmieron naturalmente en aquellos tiempos de supersticiones, hombres que esperaban de un momento a otro ver salir a un muerto del sepulcro y que estaban allí comisionados para detenerlo?


Al tercer día, Jesús Cristo apareció vivo y sus discípulos pudieron verlo y tocarlo. ¿No es verdad que esto solo, bien constatado, basta para alejar la convicción de que no murió en la cruz?

Milagro y grande hubiera sido que estando su cuerpo putrefacto, y guardado allí aún por los soldados del templo, anduviese él de vista en casa de sus correligionario. Pero eso no era así: el cuerpo había sido secuestrado y no era otro que el que Jesús traía…

La resurrección, pues, parece no ser otra cosa que un grosero embuste urdido por la malicia de unos y acreditado por la simplicidad y la superstición de los más. Sólo otro, también católico, puede compararse con éste: el que le endosó María al cándido de José sobre sus relaciones con el Espíritu Santo.

Jesús desapareció después de todo esto. Era indudable que él no podía ya vivir en los parajes que había frecuentado y era por todos conocidos. ¿Adónde fue, pues? Se supone que el amor a la predicación de sus grandes ideas de caridad y de justicia lo llevó a Roma, y que allí vivió con un nombre supuesto, en las catacumbas, predicando su propia religión a los primeros cristianos, hasta  que murió, al cabo de algunos años, tísico”.[5] El mismo artículo se publicará nuevamente el 17 de abril de 1906.

Un tema que produjo una importante reacción por parte de la Iglesia fue la decisión de eliminar los crucifijos de las dependencias del Estado.

Por tal medida se realizaron meetings en protesta: “Lo resuelto por la Comisión de Caridad, pues no podía dar  lugar a ninguna manifestación de protesta colectiva por parte de ninguna corporación o asamblea de católicos. Estos podrían sin duda, considerar lesionados los intereses de su religión, que están acostumbrados a imponerla a las almas por todos los medios, menos por los del convencimiento; pero no tienen razón ninguna para quejarse abierta y públi­camente, dado que siendo una medida justa e inatacable, que respeta y ampara los derechos y las creencias de todos, por igual, sin atacar los de ninguna, no hay motivo para acusar a nadie de atropellos ni de injusticias.

Sin embargo, los católicos, guiados al parecer por los manejos invisibles de la curia y hasta del arzobispado, no se han limitado a manifestar su disconformidad con la resolución adoptada, sino que se han ido un poco más allá. Aprovechando el celo religioso de nuestras damas, han concitado la reunión de una numerosa asamblea femenina con el objeto de protestar de una manera ruidosa, llamativa e impresionante, contra el retiro de los crucifijos de las paredes del Hospital y demás casas de caridad”.[6]


La iniciativa asumida por las mujeres católicas fue vista por El Día de la siguiente manera: “Ha comenzado ya a tener cumplimiento entre las damas de alto linaje de la sociedad montevideana, lo resuelto el sábado en el meeting celebrado en el Club Católico. Las cruces con la imagen del profeta galileo han comenzado a ser objeto de la pomposa ostentación y a mostrarse en los paseos acusando el fervor religioso de quienes las llevan. Es sabido que en casi todas estas sociedades latinas, cuya aristocracia incipien­te lucha por destacarse por actos que señalen en las cos­tumbres la huella del abolengo, el entusiasmo religioso, más bien dicho, cierta ostentación de la fe católica se considera acto de buen tono social. De aquí el apresura­miento en ejecutar de inmediato la decisión del meeting femenino celebrado en el Club Católico”.[7]  Se vio como una contradicción la medida tomada por las damas de Monte­video de llevar un crucifijo en el pecho durante un año para sacárselo el día de los festivales. No  es un desagra­vio a Cristo recordarlo durante ciertos días de ese año para olvidar el agravio en los teatros y en los salones.

Otro artículo contra la Iglesia será el de La ira arzo­bispal: “Al señor Arzobispo de Montevideo parece no bastar­le el haber oficiado en misa de pontifical en honor de las ruidosas manifestaciones de protesta, producidas con motivo de la supresión de las imágenes religiosas en las paredes de las casas dependientes de la Comisión Nacional de Cari­dad. Y por cierto que debía haberle bastado. Resultaba ya bastante chocante que un dignatario del estado, pagado por el estado, y nombrado también con intervención del estado, se alzara con el santo y la limosna, en ejercicio de las funciones de la propia dignidad de que está investido, contra resoluciones y fallos de autoridades que, como la Comisión Nacional de Caridad, son órgano del mismo estado.  

El señor Arzobispo se ha ido mucho más allá. Anoche, congregando su grey de feligreses de ambos sexos en el local del Club Católico,  pronunció un discurso bélico político, en el cual se desmandó hasta calificar de multi­tud exaltada, indigna, inconsciente, feroz y otros epítetos por el estilo a los que en uso de sus atribuciones legales de funcionarios han tomado aquellas medidas que juzgaban compatibles con la más estricta libertad de conciencia.

No nos extraña el tono desmesurado que usa el pastor de nuestra iglesia para juzgar la conducta de sus adversarios porque de antiguo estamos acostumbrados a ver que precisamente quienes se llaman predicadores de una religión que alardea de mansedumbre, de dulzura y de piedad evangélica, son los que demuestran en todos los casos mayor exaltación en las pasiones y peor incontinencia en las injurias; pero sí nos extraña, o debe por lo menos extrañarnos, que el señor arzobispo, alto dignatario del estado, juzgue con palabras tan descomedidas y acerbas, medidas que emanan de autoridades del mismo estado.


...no es más que una falsedad. Las medidas adoptadas por la Comisión de Caridad tienden precisamente a asegurar la libertad de creencias de todos los asilados en sus hospicios, bien sean ellos los católicos más ardientes. ¿Acaso se le priva a nadie, después de puestas en vigencias las nuevas medidas, que profese el culto que le plazca, que reciba los auxilios de su religión, que tenga sobre su lecho las imágenes divinas que se le ocurra? Se clama contra el despojo de los Cristos de las paredes del hospi­tal, y se quiere ver en eso un agravio directo a la reli­gión y una ofensa a la imagen misma del  profeta galileo. Se quiere ver más: se quiere ver el destierro absoluto e inexorable del símbolo cristiano, y la consiguiente priva­ción de él para los que creen. Pero ¿acaso hay algún enfer­mo a quien se le prive la imagen de Jesús crucificado si es que voluntariamente quiere tenerla consigo? La Comisión de Caridad, pagando noble y elevado tributo a la libertad de creencias, suprimió el Cristo grande de las paredes de las salas, porque en dichas salas podía haber y los hay sin duda, muchos enfermos aunque sean solamente algunos, a quienes repugnará o violentará recibir la caridad pública, no amplia y generosa como debe ser, sino con el emblema de una secta o religión positiva a la cual no estuviera afi­liado. Pero no por eso la Comisión de Caridad violenta los sentimientos de nadie ni tortura su conciencia hasta el punto de impedir que a solas recoja su espíritu y encuentre lenitivo moral a sus dolores con la contemplación o la veneración de sus imágenes sagradas. No podrá nunca citarse el caso de un solo enfermo o asilado a quien se haya prohi­bido tener consigo un crucifijo o cualquier otro  símbolo religioso, si ha querido tenerlo”.[8]

Se cuestionará duramente al arzobispo desde las páginas de El Día: “... ¿Cuál podía ser para este arzobispo el deber de los católicos en la hora presente? Era lo que debía decirnos. Los católicos son, ante todo, ciudadanos o habi­tantes del país, y como todos están obligados a respetar y a cumplir sus leyes y a deber obediencia a los mandatos legítimos de la autoridad; los católicos, por otra parte, son miembros de una religión eminentemente aristocrática y jerárquica, y como tales deben obediencia a sus prelados y jefes espirituales, obediencia tan absoluta que un concilio famoso la incorporó a los dogmas de la iglesia, y ese dogma subsiste y es conocido con la denominación de “infalibili­dad del Papa”.

¿Qué aconsejaría el señor arzobispo?, nos preguntamos. ¿El cumplimiento del deber de los ciudadanos uruguayos o el deber de los ciudadanos de  la milicia Romana? Lo primero no podía ser otra cosa que la manifestación clara y categó­rica de que todos los católicos del país debían cumplir y respetar los preceptos de las leyes y las resoluciones legítimas del poder público; lo segundo no podría ser otra cosa que la incitación, más o menos disimulada, a la des­obediencia y al desprecio de las leyes y a la resistencia subversiva a las autoridades. Lo primero no lo diría el señor arzobispo, estábamos seguro. Lo segundo hubiera sido digno de oírse.



Pero S.E. arzobispal no fue ni a uno ni a otro extremo. Por soberbia se desentendió de lo primero, y por irresolución de lo último. De esta manera, cuando después de una fatigosa lectura, hubimos concluido la pastoral, y nos preguntamos cuál era “el deber de la hora presente” que señalaba a los católicos el jefe de nuestra milicia eclesiástica, no encontramos por respuesta otros consejos que los siguientes: la oración y la comunión frecuente, si es posible diaria.

He aquí, según el señor Arzobispo, todo el deber de los católicos en la hora presente: nada más que orar y comulgar. ¿Valía la pena para semejante consejo, hablar con tanta solemnidad y tan pomposo recogimiento de peligros, persecuciones, violencias, atentados y tanto dislate por el estilo con que se nos ha venido aturdiendo los oídos?[9]

Al finalizar su primera presidencia la Revista Libre­pensamiento saludó a Batlle de la siguiente manera: “Es justo decir que el Presidente Batlle y Ordóñez ha sido el más liberal, en sus propósitos y en sus obras, de todos los gobiernos que el país ha tenido: que a ese título todos los librepensadores le debemos inmensa gratitud...

Durante su administración, la influencia del clero ha quedado reducida a algo insignificante e impalpable, y a nada su intervención en la gestión de los negocios públi­cos. La antigua práctica de hacer figurar la religión en algunas solemnidades oficiales quedó de hecho interrumpida y olvidada. Los Te-Deum, las misas, las procesiones, con aparatosidad de funcionarios de etiquetas, casi todo eso es calenda griega. Y malo es para un culto cuando un detalle cae en desuso. Otra innovación, de doble beneficio, moral y material, debemos a la administración del señor Batlle: las subvenciones y donaciones para erección de capillas, iglesias, etc., salvo las que eran impuestas por las leyes, quedaron suprimidas; también la subvención al Seminario de los Jesuitas, maestros preparadores del clero nacional. Esta medida la tomó el Parlamento pero la secundó el Ejecu­tivo. Igual actitud asumió en la cuestión del divorcio, cuya solución alentó, incluyéndola en los asuntos de perío­do extraordinario de las sesiones parlamentarias...

Unos de los pasos que en el sentido del progreso libe­ral más influencia está llamado a tener y ha tenido ya es el que dio el presidente Batlle en Agosto de 1905 en la integración de la Comisión Nacional de Caridad. El aporte de siete miembros caracterizadamente liberales al seno de esa Comisión de marcha casi siempre ultraconservadora y reaccionaria, representó un vuelco completo en las obras de asistencia pública...

Los establecimientos de la asistencia pública eran como prolongación de los edificios religiosos, con sus rezos, sus lecturas piadosas, sus altares, sus imágenes. Con el cambio de dirección operado en la Comisión Nacional, todo eso ha variado... Tales resultados de un alcance invalora­ble son debidos a la decisión del ex-gobernante que, en el poder, hizo carne las ideas de liberalismo que había defi­nido en la llanura.



Pero aún, sin particularizar las observaciones y los recuerdos, cabe afirmar que la obra del señor Batlle y Ordóñez en su conjunto se caracteriza por un desprendimien­to absoluto de toda concesión y de toda complacencia hacia las influencias religiosas. Toleró todo lo que debía tolerar con sujeción a leyes establecidas antaño cuando predominaban aquellas influencias, pero prometió con el peso de su innegable autoridad moral impulsar los progresos y las transformaciones en el sentido del predominio pleno del poder civil y laico”.[10]

El último paso que dará el Estado será la separación definitiva con la Iglesia, pero previo a ello veamos cómo se secularizaron los feriados religiosos: “Los católicos no pueden resignarse a la idea de que el Estado laico, es decir, el Estado que no abraza ni profesa oficialmente ninguna religión, debe excluir radical y efectivamente de su calendario todas las festividades que tienen un origen sectario o religioso...


...En el nuevo régimen institucional creado por la reforma de nuestra carta magna, los católicos podrán feste­jar los grandes días de su iglesia, dándoles en sus templos o en sus hogares toda la resonancia que deseen; pero no lograrán que el Estado prestigie aquellas celebraciones, que constituyen a lo más, deberes del fuero interno de los creyentes, pero no obligaciones ineludible que puedan ser decretadas e impuestas al conjunto social, en el que figu­ran tantos descreídos, tantos indiferentes y tantos adver­sarios de la iglesia”.[11] Recién el 23 de octubre de 1919 se secularizan los feriados:

v  6 de enero, día de reyes, pasó a ser Día de los Niños.
v  8 de diciembre, día de la Virgen, día de las Playas.
v  25 de diciembre, Navidad, Fiesta de la Familia.
v  Semana Santa, Semana de Turismo.

En la cuestión religiosa como se denominaba en su momento, se entendía que solamente en los pueblos bárbaros no ocurría. En estos no había cuestión religiosa porque el fanatismo los dominaba: “negar la existencia de la cuestión religiosa, lo mismo entre nosotros que en los medios de organización social más perfecta, es un gravísimo error... En todo el mundo la cuestión religiosa está en el cartel. En España, Canalejas la promovió de inmediato al hacerse cargo del gobierno, y se tradujo en muchos conflictos con el Pontífice Infalible; en Alemania, el grupo católico parlamentario se ha identificado al grupo conservador para sostener la política imperial contra los liberales en incesante incremento popular; en Inglaterra, la cuestión religiosa se removió con motivo del juramento del nuevo Rey Jorge V; en Italia la cuestión religiosa está planteada desde la capitalización de Roma; en Portugal, surgió la República de una cuestión a la vez política y religiosa y su acción inicial fue destinada a abatir el poder abusivo del Papa en el gobierno propio; en Bélgica, el catolicismo provoca una lucha permanente que repercute en los conflic­tos políticos y a veces los determina. ¿Y acaso es necesa­rio hablar de Francia, la primera de las naciones latinas, la primera de todas las naciones por el coraje estupendo con que señala a la humanidad en todas las épocas el rumbo de la libertad y de la cultura más intensa?[12]

La separación de la Iglesia y el Estado tendrá un proceso que podremos ver claramente con José Pedro Varela y luego con Carlos María Ramírez en 1871.

Desde la primera presidencia de Batlle comienza a verse la necesidad de reformar el Artículo 5º de nuestra Consti­tución: “...Creemos que no puede pasar en silencio la redacción del artículo 5º de nuestra ley fundamental esta­bleciendo que la religión del Estado es la Católica Apostó­lica Romana. Si desde el punto de vista político hay modi­ficaciones de alto interés nacional que realizar, bajo la faz social y moral tiene, para nosotros, la disposición citada tanto alcance y significación como las mayores deficiencias de otro orden que se trata de subsanar.

En los dominios teóricos de la ciencia constitucional es hoy un postulado el principio de la iglesia libre en el Estado libre. Se ha aceptado esa conclusión en nombre de la justicia, en nombre de la libertad, en nombre de las reglas esenciales que deben regir las relaciones del individuo y del Estado. No venimos, pues a sustentar una doctrina basada en el ateísmo o en la intransigencia filosófica”.[13]

Se entendía que dicho artículo era inconciliable con el progreso de la razón pública y se debía de abordar inmediatamente. “Es un precepto exótico en nuestro medio, es un concepto reñido con nuestras costumbres y nuestros derechos, es un principio sólo concebible y solo aplicable en la era pagana, en la religión y la política, confundidas en una orgánica individualización del poder, no hacía distingos dogmáticos en la conciencia y en la voluntad de los pueblos”.[14]

La concepción del Estado moderno implicaba que el mismo fuera laico: “...Una de dos: o el Estado laico es una nece­sidad de nuestra democracia, una aspiración de todo espíri­tu redimido de la sacristía, un postulado definitivo de la libertad personal; y en tal caso no se puede admitir otro camino que el de realizar ese postulado, esa aspiración o esa necesidad para librar cada Iglesia a sus esfuerzos y al Estado a sus fines puramente laicos; o se conceptúa que eso no tiene mayor importancia, que lo mismo es separar la Iglesia del Estado que dejarlos juntos...”.[15]

Intervención oportuna.
El primer divorcio (Sin mutuo consentimiento)
El Día, 4 de Abril de 1907. Nota gráfica de Carolus.

Se entendía que el Estado no puede ni debe tener una religión, sino que su obligación es hacer respetar a todos sus componentes en la libre práctica de sus cultos. “...El Estado no puede tener interés en que una creencia cualquiera prepondere sobre otras, haciendo proselitismo a base de leyes tutelares que la impulsen y favorezcan. En este punto, su neutralidad debe ser absoluta. Cada ciudadano es libre de profesar las ideas que conceptúe mejores, pero no puede pretender que la colectividad se embandere en su propia fe y la anteponga a la que han abrazado los demás ciudadanos”.[16]

Batlle tomó la iniciativa en el tema, fundamentando el proyecto, que fue refrendado por el Ministro del Interior, Dr. Pedro Manini Ríos: “Después de las deliberaciones y vacilaciones con que nuestros constituyentes, desechando las fórmulas extremas y términos absolutos, llegaron a la redacción del mencionado artículo, cabe afirmar que en aquella preclara asamblea predominó el criterio liberal de Ellauri, quien, como única concesión a las ideas dominantes de la época y a la herencia tradicional  de la colonia, aceptó la consagración escrita del principio de la Religión del Estado en términos que supone acordar a la Iglesia Católica preeminencias morales y ventajas pecuniarias, pero no dominio civil, ni poder político propios e incoercibles que pudieran necesariamente escapar a los dictados de la legislación ordinaria...

Al darse otra interpretación al artículo constitucional de la referencia, la casi totalidad de nuestras conquistas laicas se habrían detenido ante su infranqueable barrera.

Ni la secularización de los cementerios, ni el Registro de Estado Civil, ni el matrimonio civil obligatorio, ni la ley de conventos, ni las leyes de divorcio, ni la supresión de enseñanza religiosa, ni la laicidad de la asistencia pública, ninguna de las reformas liberales que han hecho destacar nuestra legislación como la más avanzada de los pueblos de América, habría podido obtenerse si se hubiera dado al artículo 5 de la Constitución otro alcance que el de una declaración que en nada puede comprometer los fueros civiles y temporales del Estado”.[17]

Otro hecho curiosísimo fue el ocurrido en 1914: “La carta que el Papa ha dirigido a nuestro Presidente, dándole cuenta de su ascensión y enviándole, con ese motivo, la bendición apostólica, ha provocado muchas sonrisas, ya que nadie ignora que el actual Presidente ha sido puesto en el “índex” por los buenos católicos de este país, donde pros­peran las más atrevidas herejías.

Papa Benedicto XV
El Papa se ha equivocado, sin duda, lo que no tiene perdón para quien debe ser infalible. Y este error, al iniciar su Pontificado, ha de inspirar serias desconfianzas en la grey católica de estos lugares, la cual pensará que Benedicto XV, con poseer todos los destellos de la luz divina, no ha caído en la cuenta de que nuestro primer magistrado ha tiempo que no comulga con supersticiones.

Por otra parte, llama la atención, en la epístola, el hecho de que el Papa se tome la libertad de tutear a una persona que no conoce, lo que constituye, fuera de duda, una irrespetuosidad...

Benedicto XV no duda de que los intereses católicos tendrán en nuestro Presidente un defensor y sostenedor. También en esto el Papa anda errado, pues siendo antagóni­cos los intereses católicos con los del país y la civiliza­ción, mal puede esperarse de nuestro primer mandatario lo que el Papa desea.

Ignoramos lo que nuestros católicos dirán en cuanto a la epístola de Benedicto y a la bendición de que es vehícu­lo, ambas inoficiosas e inútiles. Pero, dado el respeto que tienen por su Jefe, podemos asegurar que, incapaces de enmendarle la plana al Infalible, se limitarán a meter violín en bolsa.

Lamentamos el “lapsus” del Papa”.[18]




[1] Barrán, José Pedro- Nahum, Benjamín- Batlle, los estancieros y el Imperio Británico. Tomo II. Un diálogo difícil. 1903-1910. Montevideo. 1985. pág. 352.
[2] La intolerancia religiosa. El Siglo. Noviembre, 21 de 1878.
[3] La Iglesia y el Estado. El Siglo. Diciembre, 12 de 1878.
[4] Alrededor de las huelgas. El Día. Junio, 21 de 1905.
[5] La resurrección. El Día. Abril, 16 de 1892.
[6] Lo de los crucifijos. El meeting femenino. El Día. Julio, 16 de 1906.
[7] El desagravio mutilado. El Día. Julio, 17 de 1906.
[8] La ira arzobispal... El Día. Agosto, 8 de 1906.
[9] El arzobispo sedicioso... El Día. Setiembre, 3 de 1906.
[10] Batlle y la libertad de creencia. Revista Libre ­pensamiento. Marzo. 1907.
[11] Las fiestas religiosas. El Día. Diciembre, 30 de 1918.
[12] Cuestión religiosa. El Día. Diciembre, 5 de 1911.
[13] Separación de la Iglesia y el Estado. Una reforma que se impone. El Día. Junio, 12 de 1903.
[14] La Iglesia y el Estado. El Día. Diciembre, 1º de 1908.
[15] El Estado y la Iglesia. El Día. Julio, 1º de 1911.
[16] El Estado y las Iglesias. El Día. Junio, 18 de 1917.
[17] D.S.C.R. Tomo 209. Mayo, 9 de 1911. pág. 310.
[18] Un "lapsus" del Papa. El Día. Octubre, 8 de 1914.

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