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POSITIVISMO
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uchos creerán que esta corriente no tienen
por qué estar integrando esta obra, más cuando Ardao lo ha establecido así y la discusión se dio por zanjada. Volvamos
a ver la obra de Ardao.
Por un lado establece el positivismo spenceriano vinculado al
Partido Nacional. También en los catedráticos de filosofía: Antonio Mª Rodríguez, Federico
Escalada y José P. Massera,
siendo los tres colorados. Por otra parte en la cátedra de filosofía del
derecho: Martín C. Martínez, Federico Acosta y Lara y José Cremonesi, siendo los dos últimos
colorados.
Los primeros
divulgadores del positivismo en nuestro país fueron Ángel Floro Costa,
colorado, y José
Pedro Varela de tradición colorada
aunque luego se incorpore al Partido Radical.
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Caricatura de Ángel Floro Costa por Schütz aparecida en el nº 2 de Caras y Caretas de Uruguay (27 de julio de 1890) |
Un primer enfrentamiento de positivistas y
espiritualistas en la cual participa Batlle desde las páginas de La Razón, fue con motivo del homenaje a
José Pedro Varela, propuesto por la Sociedad
Universitaria. “¡Varela educacionista!...
¡Varela enemigo y destructor de la tiranía!... ¡Falso!
No
basta ni es necesario enseñar matemáticas, físicas, químicas y astronomía para
honrados ciudadanos.
Don
José Pedro Varela acatando la tiranía monstruosa de Latorre, declarando que
sólo los gobiernos dictatoriales son capaces de hacer grandes bienes a nuestro
pueblo y presentándonos al déspota asesino cubierto de “legítima gloria” no es
un enemigo, es un apologista del despotismo; no es un educacionista, es un
ejemplo que debe mantenerse siempre velado a los ojos de la juventud que se
educa.
¿Queréis
fundar para siempre la tiranía?... No presentéis más ejemplos que los de don
José Pedro Varela a las generaciones que se educan. No les enseñéis más que lo
que él enseñaba.
...Empezad
por ser educacionistas honrados y convencidos, y combatid sin tregua y hasta
el sacrificio las tiranías de todas las épocas, porque ellas son grandes
escuelas de corrupción y de ignominia, que a todo alcanzan y todo lo degradan.
No
se invoque pues su nombre para dar prestigio a la injusta apoteosis; ella
condena a los gobiernos tiránicos ahora como antes y como siempre y más que a
los gobiernos tiránicos, a los hombres ilustrados que los sostienen”.[1]
La conquista más importante del
positivismo en la sociedad uruguaya fue sin duda en la Universidad desde 1881 hasta 1890, destacándose Gonzalo Ramírez y Carlos Mª de Pena, ambos
colorados, Vásquez Acevedo, blanco, Martín C. Martínez y Eduardo Acevedo de tradición
nacionalista, pero de destacada actuación en el gobierno de Batlle.
La reacción antipositivista estuvo
liderada por Justino Jiménez de Aréchaga,
Zorrilla de San Martín -espiritualistas
y católicos-, el Presidente Julio Herrera
y Obes -espiritualista- y el Ministro Berro
-católico.
No es necesario ni nombrar la metódica
lucha que Batlle emprendió y mantuvo durante toda su vida contra el catolicismo.
No siendo de la misma intensidad contra el
positivismo, cuando en el siglo pasado las polémicas entre espiritualistas,
racionalistas y positivistas centraron la atención de los jóvenes
universitarios.
Sin duda el espiritualismo marco un mojón
muy importante dentro de la estructura del pensamiento de Batlle, apreciándose
el distanciamiento con el catolicismo. Llegó a utilizar posturas radicales para
combatirlo y lograr de esa manera el rompimiento con los lazos que desde la
época de la Colonia unían al Estado con la Iglesia.
No siendo igual el enfrentamiento con el
positivismo, que si bien lo confrontó en la polémica, muchos positivistas
fueron colaboradores suyos como ya lo establecíamos: Federico Acosta y Lara,
José Cremonesi y Martín C. Martínez.
El 5 de diciembre de 1892 se incorporan a la redacción de El Día Juan Campisteguy, Mateo
Magariño Veira y Claudio Williman,
estando ya Carlos Travieso y
permaneciendo como director José Batlle y Ordóñez. Este cambio estuvo orientado
a la finalidad de dar una mayor fuerza para lograr un cambio importante en la
cuestión electoral.
Es en este ambiente que Magariño Veira
escribe: “El positivismo en filosofía,
como el posibilismo en política, han dado de sí lo que han podido dar en
nuestro país, en los pocos años que los ha adoptado resueltamente la mayoría de
los ciudadanos que se han destacado en nuestro escenario político, señalando
rumbos al pueblo para encarar los diversos problemas que piden resolución
perentoria desde hace muchos tiempo”.[2]
Debemos de tener en cuenta que al hablar de
positivismo en forma genérica, sí podemos establecer que éste no influye en
Batlle. Pero si nos detenemos un instante en el positivismo spenceriano, el
cual recoge elementos del espiritualismo, éste sí está presente en figuras como Julio María Sosa, Pedro Manini Ríos y Gabriel Terra.
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Hebert Spencer27 de abril 1820 – 8 de diciembre 1903 |
Es importante
rescatar y destacar el editorial del 9 de diciembre de 1903 sobre Herbert Spencer: “No se
trata tan solo de inclinarse respetuosamente ante la tumba recién abierta de un
hombre ilustre, del pensador más robusto de la humanidad contemporánea, del
filósofo que con más vigorosa lucidez de principios haya señalado a sus
semejantes los rumbos nuevos de la verdad. Se trata de rendir el último
homenaje al genio del maestro.
...el
alma universal padece hoy el duelo de las grandes pérdidas irreparables. Pero
lo que Spencer ha dado al mundo, lo que su luminoso cerebro ha irradiado en los
horizontes de la sociedad, continuará iluminando por mucho tiempo, por siglos
todavía, los rumbos inmensos de la vida y la fuente inagotable de los
conocimientos humanos.
Le
hemos llamado el maestro. Lo hemos dicho de verdad con el más sincero y
orgulloso acento de verdad. Con el más sincero, porque como todos los de las
generaciones jóvenes hemos aprendido en el eterno monumento del colosal sistema
filosófico de Spencer, el conocimiento de las verdades capitales y de los
principios ciertos sobres que reposan el desarrollo individual y el progreso de
la especie.
Su
escuela filosófica, basada sobre los datos rigurosos de la experiencia, y
desarrollada por esa gigantesca ley de la evolución que la caracteriza y la
determina, ha obtenido el triunfo más grande que haya podido obtener sistema
alguno.
El
positivismo spenceriano ha triunfado donde quiera ha sido enseñado, triunfo que
debe atribuirse no sólo a la profunda verdad de sus audaces inducciones, sino a
ese brillo de exposición lógica, precisa, irrefutable, que subyuga
irremediablemente el entendimiento, y al enorme caudal de ciencia del maestro,
dotado de una universalidad de conocimientos que sorprende, y con el apoyo de
los cuales ha podido constatar la verdad de sus principios en todas las
diversas ramas del saber humano.
...Esa
serie de libros que la humanidad ha leído con avidez en el último cuarto de
siglo, representa el adelanto más serio que se haya realizado en el estudio del
hombre individualmente y en el estado de convivencia social. La psicología, la
moral, la teodicea, la sociología, la política, se han abierto con él nuevos y
más amplios horizontes.
Spencer
es y seguirá siendo por mucho tiempo, la cita preferente de cuantos traten
cuestiones relativas a aquellas ciencias, con espíritu de método y con lógica
científica. El maestro seguirá viviendo para la ciencia. Su admirable
positivismo evolutivo iluminará muchos siglos todavía del progreso mundial.
Descubrámonos
ante el hombre que ha muerto y sigamos prestando homenaje al genio que vive”.[3]
Se podrá aducir que si bien José Batlle y
Ordóñez no estaba al frente de El Día,
pues estaba ejerciendo su primera presidencia, este artículo contó con su “aprobación”, dado que no se ha
publicado ningún artículo estableciendo postura contraria al mismo, ni
siquiera por el propio Batlle. A esto podemos agregarle su proximidad a las
ideas de Spencer ya sea en forma directa o por los colaboradores
mencionados que eran spencerianos.
Incluso cuando Batlle estaba al frente de El Día, Pedro Figari hace mención: “Hebert
Spencer aconseja la mayor parsimonia en los trabajos legislativos, pero no
habrá de deducirse de esto que no deben dictarse leyes tendientes a satisfacer
las grandes necesidades nacionales. Se nos ocurre que el gran pensador opinaría
que es excesiva la prudencia de un pueblo que pasa setenta años sin organizar
su Poder Judicial; -reforma tal vez más requerida por evidentes exigencias
sociales, que por el respetable mandato constitucional”.[4]
En momentos que la Cámara de
Representantes en 1912 analizaba el tema del voto de los peones, jornaleros,
sirvientes a sueldo y analfabetos, en uno de los editoriales de El Día se establecía: “Spencer ha triunfado sobre Stuart Mill, en
la legislación de muchas sociedades
modernas, acaso las mejor organizadas. Se ha comprendido que la capacidad
electoral, como dice un autor norteamericano, no radica en la cultura
elemental, sino en muchos elementos concomitantes relacionados con las
costumbres, inteligencia general, instituciones, modalidades, circunstancias, etc., de cada pueblo”.[5]
Tampoco podemos olvidar el momento de la
Constituyente de 1917, donde confluyen positivistas spencerianos como Alfredo
Vásquez Acevedo, Martín C. Martínez, Eduardo Acevedo y el propio Batlle y
Ordóñez.
Recordemos que Batlle leyó algunas de las
obras de Spencer: Los Primeros Principios.
Justicia. Beneficencia. El tratado de
Moral.
Algunos recordaran las carta que envía
Batlle estando en París; el 2 de julio de 1880 en carta dirigida a Guillermo Young establecía: “Mis estudios no van tan bien que éste
contento de ello, ni tan mal que no espere darles una buena dirección en
adelante. Una de las cosas que al principio me desmoralizó un poco, fue el
encontrarme sin amigos con quienes cambiar ideas y recordar lo que se lee en
los libros. El que vino conmigo y los que encontré aquí, a pesar de todas mis
esperanzas no podían servirme para este objeto, pues aunque no les falta ni
inteligencia ni dedicación al estudio, las ideas positivistas de Augusto
Comte, que con un poco de precipitación, a mi modo de ver, han admitido, los
ponía en una situación tal con respecto a mí, creyente en la metafísica, que
toda conversación degeneraba en discusión y toda discusión en disputa.
Mi
padre siempre me ha reprochado, en parte con mucha razón, que no sea bastante
metódico. Me acusa de leer muchos libros. Yo creo también que encontrando uno
bueno y dedicándose exclusivamente a profundizarlo bien se saca mucho provecho;
pero me ha sucedido siempre, (y particularmente ahora último, en Montevideo,
con un curso de derecho natural de un autor alemán) el verme arrastrado, por la
lectura atenta de un buen libro a estudios superiores a mis fuerzas por su
extensión y asunto, de modo que el remedio es lo que da más energía a la
enfermedad”.[6]
Dos pautas se desprenden de la carta de Batlle: una, que no comparte
el pensamiento positivista de Comte y, segundo, el autor alemán a que hace
referencia debe ser Ahrens.
En la carta fechada el 5 de agosto de 1880
desde París Batlle le escribe a su padre: “No
vivo aislado, como lo supones; todos los días a la hora de almorzar y comer me
veo con Mongrel, Arias y Vignoles.
Tomo
algunas veces mate con ellos.
Mis
relaciones con López son excelentes. Nos vemos en la Biblioteca de Santa
Genoveva y salimos y paseamos juntos. Hoy me ha hecho una visita de más de
tres horas. No estudiamos juntos porque él se ha hecho positivista, es decir partidario
del sistema filosófico de Augusto Comte y yo experimento cierta antipatía a ese
sistema.
Por
una razón idéntica no estudio con Monegal ni con Arias”.[7]
Estas dos cartas no significan que con el
tiempo Batlle no se acerque al positivismo, pero no tiene por qué ser al
comtismo necesariamente, ya que el positivismo presenta una amplia y diversa gama en su presentación. Es difícil
no ser en algún grado positivista.
[1] ¡Sí, Varela tránsfuga! La Razón. Agosto, 2 de 1881.
[2] Definiendo actitudes. El Día, Diciembre, 9 de 1892.
[3] Hebert Spencer. El Día. Diciembre, 9 de 1903.
[4] Justicia bicéfala. El Día. Octubre, 19 de 1899.
[5] Jornaleros y analfabetos. El Día. Mayo, 18 de 1912.
[6] José Batlle y Ordóñez. Documentos para el
estudio de su vida y de su obra. Serie I 1856-1893. El joven Batlle 1856-1885.
Tomo I. Montevideo. 1994. págs. 123-124.
[7] Ídem. pág.
137.
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